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¿Consumidor sobreexpuesto o subexpuesto?

BY INFONOMIA on 27 / 12 / 2017

La idea es que hay gente a la que se le está vendiendo paquetes extremadamente sofisticados, muy por encima de sus necesidades, mientras que hay otras personas que no pueden consumir en un determinado sector porque no se les considera un target que valga la pena. Esto es muy corriente, por ejemplo, en el sector financiero en el que se lanzan productos extraordinariamente complejos, que no los entienden ni los que los venden, y que podrían simplficarse mucho. En el extremo opuesto, se sitúan la mayoría de los habitantes de los países en desarrollo, a los que no se les da la oportunidad de tener siquiera una cuenta bancaria aunque podrían empezar ya a mantenerla.

Es así como el Banco Popular del Brasil está revolucionando desde hace poco la banca en Latinoamérica, con pequeñas sucursales -un rincón en un supermercado o cualquier otro establecimiento- en que los más humildes pueden empezar a hacer sus pinitos, cambiando un cheque, abriendo un depósito, etc.

En pocas palabras, nos encontramos entre dos extremos: por un lado, un cierto público que requiere una autenticidad única, extraordinaria, para llevar a cabo una compra (es decir, “quiero una determinada experiencia que la viva yo y nadie más”); en el otro extremo, también hay excelentes oportunidades -den- tro de esa democratización de lo auténtico-, prestando un buen servicio a ciertos colectivos que no requieren más que unos ciertos niveles de honestidad. Y, lógicamente, ésta es una de las fórmulas más honestas para innovar con la autenticidad.

En este contexto, resulta obligado comentar el caso de Noami Klein, autora del famoso best-seller No Logo, en que advertía contra la manipulación del público por parte de determinadas marcas que consiguen una fidelización, sobre todo entre los más jóvenes, a través de una publicidad que las vende como una actitud ante la vida: “Bebe xx, y serás más cool”, “Viste xx y serás más rebelde”, o “Conduce xxx para ser más auténtico”. La paradoja de la que hablábamos antes de la comercialización sin límites de ese concepto de auténtico-cool, fue que, para estupefacción de esta abanderada anticonsumista, como no había registrado el título de su libro como marca, Fruit of the Loom sacó unas camisetas reproduciéndolo, que se vendieron a millares. Su mensaje a favor de la autenticidad -de no dejarse engañar por quienes mercantilizaban este concepto-, fue mercantilizado y prostituido por los mismos a los que atacaba. De la manera más perversa. En ese sentido, hay que tener mucho cuidado para que el mensaje de lo auténtico y lo honesto no se acabe pervirtiendo como un argumento más de venta.

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