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Pasado: Thomas Cook, inventor del turismo moderno

Turismos alternativos y filosofías vitales

Por Epi Amiguet

Organizador de excursiones en el recién creado ferrocarril para salvar a sus feligreses del alcohol, este pastor baptista vio la luz, de verdad, al pensar en lo que podía embolsarse por una pequeña comisión sobre cada uno de los 570 billetes que acababa de repartir. Pocos años después, ya estaba al frente de un imperio impulsor de los primeros around the world. Pero ¿será capaz de reconvertirse tan rápidamente el actual turismo de masas? Agotado e insostenible este modelo, las innovadoras fórmulas de turismo alternativo que no aspiran a hacer su agosto se presentan como el relevo natural para los agostos venideros.

Tan diáfana fue la revelación experimentada en aquella sencilla excursión de 11 millas entre las poblaciones inglesas de Leicester y Loughborough que poco después, el 5 de julio de 1841, Cook llegó a un acuerdo con el ferrocarril para obtener un porcentaje por la venta de cada billete. Diez años después, expendía 165.000 billetes para acudir a la Gran Exposición de Londres gracias a unos paquetes en los que la gran novedad era el concepto del «todo incluido»; transporte, comida y alojamiento por cinco módicos chelines. La génesis del turismo de masas.

Cuatro años más tarde, volvió a repetir la gesta innovadora asentando las bases del moderno turismo internacional; de cara a la Exposición de París, incluyó también el servicio de guías e intérpretes y, sobre todo, unos curiosos pagarés para el alojamiento que acabaron convirtiéndose en los modernos bonos de hotel y cheques de viajes.

Mientras otros todavía intentaban imitarle con pequeñas agencias de venta de billetes, en 1865 su hijo ya había cruzado el Atlántico para concertar con operadores locales visitas guiadas por los campos de batalla de la guerra de Secesión. Luego, el primer billete around the world; por sólo 200 guineas se garantizaba un periplo planetario con escala en destinos tan remotos para la época como India o Japón. Toda una odisea que inspiró, seguramente, al propio Verne. Como pionera, la próspera empresa familiar llegó a tener tanto poder y prestigio que su ruta para turistas por el puerto de Brenner a Brindisi, fue la única línea de comunicaciones que respetó la guerra franco-prusiana.

Obligado a retirarse por su hijo y sus nietos, el fundador de Thomas Cook & Son Ltd. no pudo evitar algunos episodios menos afortunados de su firma, como la muerte por disentería del emperador germano Guillermo II tras el que debía ser un místico viaje por Tierra Santa, o que los 18.000 soldados que transportaron para socorrer a Gordon arribasen cuando la testa del legendario general británico llevaba ya dos días paseándose en una pica por las calles de Jartum. Sin embargo, meras anécdotas aparte, los clientes de esta dinastía familiar pudieron disfrutar de sus viajes y turistear tranquilos, a través de guerras y demás imponderables hasta que en 1941, el año de su centenario, la firma fue comprada por varias compañías ferroviarias, como se dice en estos casos, «para ayudar a relanzar esta reputada empresa». En la actualidad, la podemos encontrar en www.thomascook.com, cual otra anodina agencia on line más, con sus vuelos low cost y sus viajes en oferta a Mallorca, de implícitos sun, sand and sex.

Tal vez lo más interesante de este precursor iluminado fue su audaz visión a la hora de aprovechar aquellos primitivos avances decimonónicos en las comunicaciones para desarrollar uno de los conceptos que más ha influido en el cambio de nuestra visión del mundo: la popularización del viaje como una simple actividad de ocio, es decir, el nacimiento del turismo moderno. Uno de los primeros y más inocentes pasos (o más terriblemente perverso, según se mire) que se dieron hacia la actual globalización en la que vivimos.

Es cierto que desde que, en los años sesenta, se consolidara el modelo de turismo de masas de sol y playa, el sector no ha parado de crecer aunque fuese a costa de nuestra costa. Y las de los parajes naturales más virginales y protegidos de medio mundo. Pero la propia insostenibilidad del modelo, tanto sociológica como medioambiental, obligará a tirios y troyanos a replantearse muchas cosas antes de lo que los grandes mayoristas del sector piensan.

Y no estamos hablando de factores que, aunque evidentes, todavía suenan a puro catastrofismo, como la gran crisis energética por la escasez de petróleo que se augura para el próximo tercio de siglo o el cambio climático.

No. Tal vez una de las principales razones para los grandes cambios que está empezando a experimentar el sector es la irrupción del denominado consumo inteligente. Un concepto que desarrollan Toni Flores y Alfons Cornella en su libro La alquimia de la innovación, y que va estrechamente ligado a ideas clave para innovar como es la autenticidad o la hibridación de productos ya conocidos para crear una oferta nueva. Este turismo inteligente es el que ya no se interesa por los paquetes en los grandes resorts de Mallorca o Cancún, porque anhela un nuevo turismo de la experiencia. Es ese nuevo turismo que exige una oferta personalizada, desea colaborar con ONG en sus vacaciones o prefiere un ecohotel, a base de paneles solares y duchas de agua de lluvia, aunque pueda resultarle más caro que un cinco estrellas.

Escandalizado ante la banalización de la imagen que supusieron los primeros daguerrotipos, el crítico inglés John Ruskin mantuvo siempre que había que dibujar las cosas para verlas realmente. Parece que ha llegado el momento en que cada vez más gente quiere ver y no sólo mirar. Si la vida es un viaje, tal vez el mejor turismo que podamos hacer es el que nos ayude a comprendernos mejor entre nosotros, y a nosotros mismos.

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