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Pasado: George de Mestral, inventor del velcro

Por Epi Amiguet

No es que el velcro sea uno de esos inventos que han cambiado la historia de la humanidad. Sin embargo, nadie sabe qué habrían hecho los astronautas para fijar sus herramientas en el espacio, y el tiempo que ahorran ahora los médicos de urgencias al vestirse pueden dedicarlo a salvar más vidas. En cualquier caso, es una de esas pequeñas-grandes invenciones que ya forman parte de nuestra vida cotidiana. Lo curioso es que la mayoría de los artículos sobre el velcro señalan que a su creador se le ocurrió «por casualidad», tras observar cómo unos cardos se adherían al pelo de su perro, y pocos añaden que le costó una década patentarlo. Ergo, ¿este tipo de innovaciones son fruto del puro azar, de la genialidad o de la perseverancia?

El esfuerzo y la casualidad

Resulta paradójico que la palabra serendipia, que es la que mejor describe este tipo de inventos nacidos de una aparente casualidad, no esté recogida por la RAE. Por fortuna, ahí está la Wikipedia para definirla: «Descubrimiento científico afortunado e inesperado que se ha realizado accidentalmente». Y añade que algunos lo consideran «sinónimo de chiripa». Es decir, suerte.

Pero vayamos por partes. La génesis del velcro es archiconocida: a principios de los años cuarenta, el joven ingeniero suizo Georges de Mestral, aficionado a dar largos paseos con su perro por el bosque, se preguntó por qué le costaba tanto luego desprender del pelo de su animal cierto tipo de cardos silvestres. Tras analizarlos al microscopio, observó que sus hojas acababan en múltiples ganchos y se propuso recrear un sistema de enganche basado en este diseño de la naturaleza. Un método para innovar, por cierto ?concebir prototipos a partir de patrones de éxito en el medioambiente, como el radar o las mismas aletas de los submarinistas- que, por muy sofisticadas que se vuelven las últimas tecnologías, no deja de inspirar nuevas invenciones.

Resumiendo: después de duros años de investigación, Mestral creó este sistema de cierre revolucionario que todos hemos usado alguna vez, consistente en una tira con bucles y otra con ganchos. En 1955, el ya no tan joven ingeniero pudo patentar finalmente su invento, que fue bautizado a partir de los términos en francés «bucle» (velour) y «gancho» (crochet).

En la actualidad, la marca VELCRO® está registrada internacionalmente por Velcro Industries B.V., una compañía con sede en Estados Unidos y fábricas en medio mundo, entre las que destaca la central europea que, ubicada en Argentona (Barcelona), cuenta con más de 15.000 m2 y está dotada de la última tecnología. La marca no ha dejado de investigar y sigue lanzando nuevas patentes para todo tipo de usos, desde la medicina a la automoción. Las posibilidades de este diseño no acaban ahí, e investigadores alemanes lo están desarrollando en la nanotecnología con un sistema similar hecho de silicio, aplicable, por ejemplo, a la fabricación de microchips.

«Serendipity»

Respecto a la serendipia, etimológicamente el término viene del neologismo acuñado por el escritor Horace Walpole en 1754, tras leer un cuento oriental titulado Los tres príncipes de Serendip (nombre de la actual Sri Lanka), en la que los susodichos solucionaban sus problemas a partir de increíbles casualidades.

Un claro ejemplo de serendipia, aparte de la invención del velcro, sería el mismo descubrimiento de América (Umberto Eco dixit), o el invento del Post-it, concebido por un beato empleado de 3M que vio en una partida de pegamento defectuosa la solución perfecta para señalar con papelitos las canciones de su libro de salmos.

Otra clasificación de la innovación en función del nivel de intervención de la casualidad sería la pseudoserendipia. Como muestra de que ya se puede citar la Wikipedia sin complejos (casi tanto como Borges la Enciclopedia británica), diremos que, según nos sigue explicando la magna enciclopedia on line, este tipo de serendipia se produce cuando «el investigador, tras haber investigado mucho sobre algo sin obtener resultados, consigue finalmente su objetivo, pero a causa de un accidente fortuito o una revelación».

Ejemplos de pseudoserendipia serían el famoso Eureka de Arquímedes al descubrir el principio de la hidrostática que lleva su nombre, tras meterse en la bañera y observar la proporcionalidad entre el peso de su cuerpo y el volumen de agua que desplazaba, con lo que solucionó el dilema de cómo averiguar el grado de pureza del oro de la nueva corona del rey sin dañarla; o el caso de Niels Bohr, quien tras muchos desvelos investigando la configuración del átomo, se despierta un buen día y, aburrido, garabatea en un papel lo que acaba de soñar, sin darse cuenta hasta un tiempo después de que, efectivamente, había soñado la auténtica estructura del elemento esencial de todas las cosas.

¿La suerte?

Como vemos, tanto la serendipia como la pseudoserendipia son dos modelos de innovación en los que, aparentemente, el azar desempeña un papel clave. En el primero, la suerte, la casualidad, ocasiona un gran descubrimiento; y en el segundo, es tras muchos esfuerzos cuando éste llega como «una revelación». En el caso de la serendipia no se menciona explícitamente, pero es obvio que, tras «la revelación», viene el esfuerzo.

Frente a ello, aunque también aparentemente, tendríamos el modelo encarnado por Edison, arquetipo del inventor moderno y autor de una célebre sentencia que es la que mejor le define: «Un genio es 1 % de inspiración y 99 % de transpiración». De hecho, hasta su invención más celebrada, la bombilla eléctrica, fue en realidad el perfeccionamiento de un invento anterior y le requirió encontrar primero, según el mismo explicaba, «1999 maneras de no fabricar una bombilla».

Finalmente, en su libro La alquimia de la innovación, Alfons Cornella y Antonio Flores proponen el acrónimo VERS para definir mejor esta mezcla de suerte, perseverancia y talento imprescindibles para innovar:

- Tener una intuición sobre algo que nadie ha hecho, una visión.
- Para llevarla a cabo será necesario que apliques toda tu energía.
- Para hacer lo que nadie más ha hecho hay que asumir un lógico riesgo.
- Y todo ello, contando con coyunturas y demás, que podríamos llamar suerte.

Sea como fuere, todas estas maneras de intentar ponderar el factor suerte en la innovación tienen en común que, al margen de una mayor o menor intervención de la casualidad, no pueden descuidar esa capacidad de esfuerzo del innovador en la cual, de hecho, reside buena parte de su genio, y que es la que lleva a perseverar hasta el éxito final.

Y el caso del velcro es el ejemplo que nos viene al pelo para agarrarnos, como los cardos al ídem del perro de Mestral, a que la innovación tal vez pueda nacer de serendipia o pseudorendipia, pero nunca de chiripa.

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