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Desarrollo Comunitario

Por María Sanz

Casi todos tenemos en mente los microcréditos de Muhammad Yunnus y su Grameen Bank, que demostró que las personas pobres son personas financiables de alta fiabilidad. Ahora es el momento de otra iniciativa que pretende dar un paso más allá: demostrar que las economías más castigadas son autofinanciables a través de Comunidades de Autogestión Financiera (CAF) en un entorno de confianza y con la metodología adecuada. Jean-Claude Rodríguez-Ferrera es profesor de Economía en la Universidad Ramon Llull de Barcelona y en la Universidad Politécnica de Cataluña. Él ha sido uno de los pioneros de este modelo en nuestro país desde la organización sin ánimo de lucro Desarrollo Comunitario, de la que es fundador y director.

Desarrollo comunitario

«Es el milagro de los panes y los peces. Cuando hay una cena y cada comensal aporta algo, siempre sobra comida. Esto es lo mismo. Cada miembro de una Comunidad de Autogestión Financiera (CAF) aporta lo que tiene y los intereses revierten en beneficio de todos», explica Jean-Claude Rodríguez-Ferrera, doctor en Administración y Dirección de Empresas y autor del libro Economía mundial y desarrollo.

Un procedimiento sencillo

Para crear una CAF debe existir un grupo con un mínimo de personas, entre cinco y seis, que se conozcan entre sí, que tengan unos mínimos ingresos al mes y que estén dispuestas a organizarse. Es preciso, por tanto, cierta red social.

La gestión del grupo requiere una reunión al mes y cuenta con el apoyo gratuito de Desarrollo Comunitario en los primeres meses de funcionamiento hasta que la comunidad ha adquirido los conocimientos financieros básicos.

«El 90% de los socios son inmigrantes, pero también hemos creado algún grupo con gente de aquí, que tiene un nivel más alto y necesitan hasta 2.000 euros»

Los socios de la CAF aportan un determinado capital y son propietarios, es decir, los beneficios que generan los intereses (generalmente al 1 %) se quedan y se gestionan en la comunidad. A su vez, pueden pedir pequeños créditos, de unos 300 euros, que nunca podrán ser cuatro veces superiores al capital aportado o más del 40 % del capital total de la CAF. A partir de aquí, cada comunidad establece sus reglas: condiciones de devolución de los créditos, cuantía de la multas por retrasos, etc.

El grupo puede ir creciendo hasta los 40 socios, aunque la media suelen ser 20, pero cada nuevo inversionista deberá ser recomendado por dos personas del grupo, que serán sus avalistas en caso de que generen problemas. Además, no deberá contar con ningún voto en contra del resto de los socios.

Esta red de confianza es muy eficaz y prácticamente no hay incumplimientos o retrasos porque la presión social es muy fuerte. Al fin y al cabo, se debe dinero a casi 20 personas con nombre y apellido, no a un banco o una institución anónima.

Hasta el momento hay 15 comunidades autogestionadas en Barcelona y dos en Madrid, y la iniciativa está arraigando.

Metodología y confianza

«La gran mayoría de las personas no son pobres todo el año. Cuando un agricultor en Senegal recoge la cosecha, tiene dinero, y ése es el momento de darle la oportunidad de invertirlo para que le genere un beneficio», puntualiza Rodríguez-Ferrera. «Cuando hay confianza, ser banquero es un negocio muy fácil. Pero, además, hace falta metodología. La confianza sin metodología, no funciona. Pero la metodología sin confianza, sí. Los bancos son un claro ejemplo. Es preciso determinar unas reglas del juego y un compromiso por parte de esa comunidad».

«No todos tenemos que ser empresarios, pero todos sabemos cuáles son nuestras necesidades y cuál es nuestra capacidad de endeudamiento»

Otro punto determinante es que los socios pueden pedir créditos para cualquier cosa. Habitualmente, necesidades básicas como ropa, libros escolares, una nevera, pequeñas deudas, etc. «Estamos obsesionados con los negocios y la productividad para conceder créditos. En África, en Guatemala, en muchos sitios, he visto cómo exigen un proyecto productivo, de artesanía, por ejemplo, para conceder créditos. Lo que consiguen es que les mientan, porque se lo gastan en zapatos. Pero lo importante es que devuelven puntualmente el préstamo. Eso debería ser lo único decisivo», afirma rotundo Rodríguez-Ferrera. «No todos tenemos que ser empresarios, pero todos sabemos cuáles son nuestras necesidades y cuál es nuestra capacidad de endeudamiento».

Las CAF parten del convencimiento de que el capital local es suficiente para atender las necesidades básicas sin pedir capital externo. Este hecho es fundamental, porque los socios de las CAF no son ahorristas sino inversionistas, propietarios, lo que acaba aportándoles una educación financiera, además de un orgullo personal. En opinión de Jean-Claude, «el dinero es un arma de doble filo. Por una parte, genera desconfianza; pero, por otra, te da un extra de confianza cuando demuestras que eres una persona responsable y seria afrontando tus deudas. Para nosotros, el crédito es una herramienta para que las personas se unan y hagan muchas otras cosas: una cooperativa, compartir vivienda, una central de compras para pedidos conjuntos, etc.».

Factores culturales

A la hora de comenzar una CAF los factores culturales no son baladíes, aunque juegan un papel más importante entre los cinco o seis socios iniciales, que suelen ser de una misma nacionalidad o cultura. Conforme la CAF crece y se consolida, el grupo se va tornando más mixto culturalmente.

Hay ciertas peculiaridades. Por ejemplo, las senegaleses quieren tomar todas las decisiones por unanimidad; o los musulmanes, que no pueden percibir intereses del dinero porque su religión lo considera usura. En este último caso, el crecimiento del CAF es menor del habitual. Pero la posibilidad de pedir prestada cuatro veces la cantidad invertida parece ser suficiente incentivo, y los retrasos en las devoluciones son mucho más penalizados que en el resto de las CAF porque lo consideran una falta muy grave contra la comunidad.

«El 90 % de los socios son inmigrantes, pero también hemos creado algún grupo con gente de aquí, que tiene un nivel más alto y necesitan hasta 2.000 euros. A partir de 3.000 euros consideramos que ya están los bancos, porque controlan mejor el riesgo. El objetivo no es sustituir a los bancos, sino centrarnos en una horquilla de crédito bajo que no está cubierta por el mercado», aclara Rodríguez-Ferrera.

De tú a tú con las empresas

Por último, la filosofía de Desarrollo Comunitario es llegar a acuerdos con empresas colaboradoras que vean en los CAF clientes potenciales. Por ejemplo, DKV Seguros y Un Sol Món. «No queremos fondos públicos por dos razones. La primera, sería una incongruencia aceptar que la población nos financie, cuando nos exigimos autosostenibilidad en todos los grupos. La segunda, porque defendemos nuestra autonomía y no queremos depender de una decisión burócrata que, a lo mejor, vetaría a los ilegales. No queremos un trato de pobres sino de socios y clientes, negociar de igual a igual, porque esto es dignidad».

COMPARATIVA

GRAMEEN BANK

COMUNIDAD DE AUTOGESTIÓN FINANCIERA

15.000 trabajadores aproximadamente.

No hay estructura.

En caso de bancarrota, quiebra en cadena.

Si una CAF quiebra, las demás no se ven afectadas.

El capital pertenece al Banco Grameen.

El capital es propio.

Ahorristas.

Inversionistas.

Las condiciones las marca el banco.

Las condiciones las marca la CAF.

Beneficios para el banco.

Beneficios para la CAF.

Crédito para emprendedores.

Crédito para cualquier necesidad.

Ausencia de educación financiera.

Educación financiera.

 

 

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