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Pasado: Cai Lun (siglo II), inventor del papel

Por Epi Amiguet

Al igual que la tinta, la seda, la pólvora y otros grandes inventos, el papel fue concebido en China. Cuentan las crónicas que fue obra del eunuco imperial Cai Lun en el siglo II de nuestra era. Pero ¿por qué un país con una sofisticadísima cultura milenaria, cuya flota ya recorría el planeta mientras Europa seguía inmersa en las penumbras de la Edad Media, acabó como una mera colonia más de las potencias occidentales? Al parecer, la respuesta tiene mucho que ver con el síndrome NIH.

Cai Lun o Ts'ai Lun (según nos contemos entre los que decimos todavía Pekín o Beijing para referirnos a la capital china) era un eunuco y consejero del emperador He de Han, que vivió en la corte de esta dinastía entre 77 y 110 o entre 50 y 121 d. C, en función también de cuál sea la fuente. En todo caso, según reza la Wikipedia: «En China se le considera tradicionalmente como el inventor del papel, ya que bajo su administración se perfeccionó la técnica de fabricación del material utilizado para la escritura de documentos, que pasó a tener unas propiedades similares a las del papel actual». Es decir, mucho mejor que el papiro y el pergamino empleado en épocas más antiguas. Con el tiempo, Cai Lun acabó siendo venerado como un personaje semidivino en su país natal y, en 1962, con motivo del 1.850 aniversario de su muerte, hasta el propio Mao le rindió homenaje.

En realidad, y muy probablemente, el célebre eunuco no fuera él mismo el inventor del papel. De lo que no cabe duda es que fue el primero en organizar la producción de este producto a gran escala. Y que se las arregló para obtener las patentes exclusivas para hacerlo. El asiático demostró así, anticipándose a nuestro viejo amigo Edison, paradigma del inventor moderno, cómo tanto o incluso más importante que la innovación per se es saber encontrarle una aplicación práctica y organizar su explotación en el mercado.

A diferencia de otros productos originarios de China, como las naranjas o la seda, que nos llegaron a través de la llamada Ruta de la Seda, no sabemos a ciencia cierta cómo entró en Occidente esta sencilla a la par que insustituible commodity. Aunque, por lo menos, no hay que discutir como con la pólvora si la trajo Marco Polo o si los moros ya celebraban sus buenas tracas en Valencia cuando el veneciano aún no había nacido. Lo que sí está bien documentado es que el primer taller de producción de papel de Europa se construyó en 1036, en la Córdoba del Califato. En ese tiempo, Al-Andalus era el principal centro de las enseñanzas clásicas, por lo que el papel desempeñó un ídem fundamental en la recuperación del antiguo saber grecorromano, así como de las matemáticas y las ciencias árabes.

No es fácil entender cómo esta potencia, que ya empleaba el papel como moneda cuando Marco Polo la visitó procedente de la bárbara Europa medieval, acabó siendo una triste plantación de opio donde las potencias occidentales hicieron lo que quisieron durante siglos hasta que llegó Mao para sacarla de su miseria secular... y meterla en la miseria comunista.

Parece ser que una de las claves de esta decadencia hay que buscarla a principios del siglo XV, poco después de que otro célebre eunuco imperial, Zheng He, atravesara los océanos del planeta al mando de la flota del emperador Zhu Di, una escuadra formada por los navíos más imponentes, jamás vistos hasta entonces, al lado de los cuales las naves de Colón serían simples cascarones de nuez. Es más, según un polémico best seller firmado por el ex comandante de submarinos británicos Gavin Menzies, el navegante mandarín llegó incluso a descubrir América en 1421. Es decir, 70 años antes de que lo hiciera el genovés, judío, catalán o de doquiera que fuera el de las tres carabelas.

Sean o no ciertas estas teorías, lo que sí resulta más verosímil es que, si no nos han llegado todas las crónicas de las andanzas del almirante castrado, es porque los sucesores del emperador Zhu Di desmantelaron las flotas, eliminaron los registros de los viajes en los archivos y adoptaron una política de aislamiento por temor a cualquier idea de cambio que pudiera llegar de fuera. Y con el aislamiento, llegó la decadencia.

Resulta revelador que, mientras el imperio chino se aislaba así en una decadencia de cinco siglos, Occidente iniciaba su etapa de supremacía mundial gracias al espíritu totalmente contrario: es decir, el reto del continuo plus ultra de la era de los descubrimientos y de los avances tecnológicos que se difundían por toda Europa, con la imprenta a la cabeza. De hecho, podríamos decir que la de Gutenberg fue la primera de las TIC y precursora remota, por tanto, de la sociedad del conocimiento. Y huelga decirlo, ello no habría sido posible sin la aportación de Cai Lun 15 siglos antes.

Culminando la amena reflexión que pretendíamos a costa del inventor de los ojos rasgados y de la decadencia de la China imperial, remarcaremos por qué el llamado síndrome Not Invented Here (NIH o «no inventado aquí») -es decir, ese recelar de todo lo que viene de extramuros, tan frecuente en algunos países y grandes organizaciones-, es una de las peores amenazas para el progreso: al impedir la entrada de oxígeno de fuera, se acaba asfixiando la propia innovación de dentro.

Paralelismos orientales

Aprovechando el contexto, resultan obvios los paralelismos que se podrían establecer entre Japón y su vecino asiático. También los del Sol Naciente tuvieron que dejar atrás su síndrome NIH tras ser convincentemente persuadidos a base de megatones. Sin embargo, convertidos ahora en uno de los grandes referentes tecnológicos internacionales, casi nadie se acuerda ya de cuando empezaron a abrirse al mundo con un Made in Japan sinónimo entonces de relojes e imitaciones baratas. Habría que empezar a estudiar seriamente, por tanto, si la potencia que alberga a uno de cada seis habitantes de este planeta (es decir, más de 1.300 millones de personas) va a seguir esos mismos pasos. Porque si todo se reduce a una cuestión de escalabilidad, ¿alguien puede imaginarse en términos de competitividad el potencial de las empresas de un mercado 10 veces como el nipón si apuesta a fondo por la innovación? Sí, asusta sólo de pensarlo.

En fin, desde Occidente siempre hemos visto con recelo a los orientales por el abismo cultural que nos separa. Y por racismo, claro. ¿Quién no recuerda aquellas inefables películas de Fu-Manchú que hablaban del «peligro amarillo»? Napoleón ya advirtió sobre el gigante chino que más valía «dejarlo dormir porque el día que despierte, el mundo temblará». Ahora se está despertando a pasos ciertamente agigantados y se nos presenta como un suculento mercado de millones de potenciales consumidores; pero también como un temible competidor con millones de trabajadores baratos. Como todo gran cambio que acaba siendo ineludible, de nosotros dependerá afrontarlo cual terrible amenaza o cual gran oportunidad. Y nuestra capacidad para innovar será, una vez más, lo que marque la diferencia.

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