Carlos López
Astrónomo vocacional y Jefe de Marketing de la unidad sistema nervioso central del Grupo Ferrer

 


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Carlos López, Jefe de Marketing de la unidad sistema nervioso central del Grupo Ferrer y astrónomo vocacional, expuso casi a medianoche y bajo la bóveda celeste, cómo la historia de la astronomía nos permite no sólo una reflexión acerca de lo que nos rodea, sino también “una reflexión sobre el conocimiento en sí, sobre la percepción, el proceso del descubrimiento y la innovación. La propia naturaleza de la ciencia astronómica nos impide la experimentación directa en la mayoría de ocasiones y obliga a que la obtención de conclusiones sea fruto de la observación”. Hemos de ser capaces de poner en cuestión nuestras percepciones directas a favor de la razón si queremos alcanzar la verdad y Carlos López desgranó ejemplos ilustradores de estas dos actitudes contrapuestas.

El seguidismo de la observación: Antigüedad y Edad Media

Por una parte, sabemos a través de sus pinturas rupestres cómo los primeros observadores enseguida descubrieron regularidades celestes que afectaban su vida cotidiana: los ciclos astronómicos, las estaciones que se relacionaban con la agricultura etc. Es decir, reconocieron de inmediato cómo el cielo influye en nuestras vidas. Pero en una típica falacia racional, la correlación se confundió con la causalidad y la coincidencia de los fenómenos celestes con los terrestres llevó a la falsa creencia de una causa-efecto que probablemente dio origen a la astrología y otras creencias míticas y sobrenaturales.

Ptolomeo, en el siglo II d.c. crea la primera cosmología basada en la falsedad de que la Tierra se encuentra en el centro del Universo. Su modelo fue exitoso hasta el Renacimiento porque se ajustaba bien a las observaciones cotidianas. Así, en una mezcla de ciencia y pseudo ciencia, la astronomía está presente durante la antigüedad y la edad media en los estudios de las elites intelectuales.

El imperio de la razón: Renacimiento
Con los descubrimientos científicos, la astronomía adquiere una nueva relevancia como instrumento de navegación, pero sin desprenderse de su carácter mítico probablemente hasta que Colón en su primer viaje descubriera que la estrella Polar no marcaba el polo norte por designio divino, sino que giraba en torno al norte como las demás estrellas. Colón, ante la discrepancia entre la brújula y la estrella, prefirió hacer caso a la primera en una actitud claramente renacentista.

El modelo de Copérnico, a principios del XVI no se adaptaba a las observaciones mejor que el de Ptolomeo y por ello aún a principios del s. XVII defender sus ideas resultaba arriesgado. Galileo es obligado a renunciar a sus ideas en Venecia y en 1600 Giordano Bruno es condenado a la hoguera, ante la desesperación de la comunidad científica. “Sin embargo –como afirmó Carlos López-, el modelo copernicano se impuso a medida que las nuevas generaciones fueron aceptando el nuevo lugar de la Tierra, apartada del centro del sistema solar. Sin duda se trató de una revolución no solo científica, sino social”.

Las anécdotas que ilustraban la actitud de los pioneros estudiosos del cielo se fueron sucediendo conforme avanzaba la noche. Finalmente, Carlos López concluyó “la historia de los pioneros nos enseña las profundas transformaciones sociales que conlleva el progreso científico. Nuestra sociedad ha cambiado desde que el método científico nos enseñó que la estrella polar no estaba en el norte o que la Tierra no ocupaba el centro del Universo. El legado de los que lo hicieron posible nos debe animar a ir más allá tanto en el conocimiento, como en una actitud cada vez más abierta, más libre, más flexible y dispuesta a evolucionar. Solo así lo hará la sociedad completa”.